Noticias, Palabras del Obispo

Te Deum en el Bicentenario

Homilía de Mons. Ariel Torrado Mosconi
Obispo de Santo Domingo en Nueve de Julio
durante el Te Deum por el
Bicentenario de la Independencia

Nueve de Julio, Iglesia Catedral
9 de julio de 2016

Al conmemorar hoy el mismísimo día del bicentenario de la declaración de la independencia nacional, en esta ciudad y diócesis que hemos sido honrados llevando como nombre la fecha memorable de aquél magno acontecimiento, deseo apelar nuevamente a una imagen que hemos utilizado  los obispos de la Argentina en el mensaje que hemos realizado con motivo de este acontecimiento. Se trata de la imagen de la “casa”. Evocando la histórica casa de Tucumán, en la cual se llevaron a cabo las deliberaciones del Congreso de los representantes de las provincias, decimos que bien puede ser una metáfora de lo que somos y estamos llamados a ser cada vez más y mejor: una verdadera Nación, casa común para sus ciudadanos que, por eso mismo, pasan de ser meros habitantes para llegar a ser ciudadanos, miembros de un hogar común que los abarca y los contiene en sus diferencias. Es más, al final de nuestro mensaje, proponemos que en nuestra sociedad se susciten y desarrollen en todos los ámbitos y niveles “casas de encuentro y diálogo”. Y, para ello mismo, ofrecíamos nuestras mismas comunidades eclesiales como esos espacios. En nuestra diócesis ya nos hemos lanzado en este sentido y estamos propiciando encuentros de la dirigencia para dialogar sobre las cuestiones fundamentales e irrenunciables de la política pública como es la lucha contra la pobreza y la exclusión, el combate contra el narcotráfico y la prevención de las adicciones, el impulso a una educación integral, el acceso universal a la salud y el agua potable, la generación de empleos dignos, la erradicación de la trata de personas y la protección de la vida, la promoción del cuidado del ambiente, el trabajar por la cultura del encuentro, y la lucha contra la corrupción y la impunidad.

Por tratarse de una conmemoración histórica nos encontramos ante la temporalidad misma que signa la vida de los pueblos y las personas. Por esto, me parece una ocasión más que propicia para hacer memoria agradecida del pasado, hacernos cargo con pasión del presente y proyectarnos con esperanza al futuro. A ello desearía referirme con tres palabras: gratitud, conversión y esperanza.

Gratitud. Muy probablemente por humana debilidad, a veces por sesgados y selectivos enfoques demasiado condicionados por nuestra perspectiva de pensamiento, u otras veces por intereses y conveniencias particulares, solemos tener una visión pesimista del pasado. Tenemos el peligro de caer en una “nostalgia pesimista”. Y esto no es saludable. Esta actitud “tan argentina”, entre otras consecuencias, suele ahondar divisiones e inhibir nuestro crecimiento, desarrollo y progreso. Celebrar este “Tedeum” de Acción de Gracias es una invitación a hacer un desinteresado esfuerzo por descubrir lo positivo, lo bueno, lo verdadero y bello de nuestra historia como nación. Que lo hay y mucho. Sin caer tampoco en “leyendas rosas de la historia”; pero mirar lo bueno del pasado nos ayudaría a crecer en entusiasmo. Debemos entonces tener, en primer lugar, una memoria agradecida de nuestra historia. ¡Qué bien nos haría a los argentinos una gran dosis de sano optimismo que nos aliente y entusiasme!

Conversión. Si bien se trata de una palabra que no forma parte del vocabulario corriente sino que proviene del acervo de la Sagrada Escritura, entiendo que encierra en sí una potencialidad y una propuesta que nos puede hacer mucho bien como modo de “hacernos cargo” del presente y “echarnos al hombro la patria”. Es uno de los núcleos del mensaje de Jesús y la propone a la humanidad toda como camino de auténtico cambio, reparación y renovación. Literalmente quiere decir: “darse vuelta”. Se trata de volver a lo verdadero y recto, a lo esencial, al “primer amor”. En el caso de una nación consiste en asumir y enfrentar con realismo y magnanimidad la necesaria y urgente tarea de recomposición, reforma y reparación de las instituciones, los grupos, los ámbitos que necesitan sanearse y reconstruirse. No podemos dilatar ni eludir sin más esta enorme y noble tarea. En esto consiste la conversión tanto de las personas como de los grupos. Esta es la hora de la Patria.

Esta conversión es la que nos salvará de la miseria de la corrupción tan instalada entre nosotros.

Con ocasión del Bicentenario de la Independencia los obispos expresamos que la corrupción “…desgasta en el pueblo la confianza en las instituciones de la democracia”. Asimismo, citando las palabras del Papa Francisco hemos calificado a la corrupción como una “llaga putrefacta de la sociedad, un grave pecado que grita hacia el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social. La corrupción impide mirar el futuro con esperanza porque con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres. Es un mal que se anida en gestos cotidianos para expandirse luego en escándalos públicos”

Luego, como parte de esta misma sociedad argentina y con estos mismos males, hemos agregado: “los miembros que tenemos responsabilidades en la Iglesia no podemos dejar de aplicarnos a nosotros en primer lugar, estas palabras del Papa Francisco. Ésta debe ser la luz que nos guíe con valentía por un camino de purificación y conversión profunda del corazón, para renovar a la Iglesia en la caridad pastoral. Al mismo tiempo, manifestamos nuestro rechazo ante cualquier acto de corrupción, público o privado, pero de manera particular a los que involucren a miembros de la Iglesia, que por su misión y servicio, debieran ser testigos íntegros del Evangelio que predicamos. Y seguíamos diciendo: alentamos a la colaboración sincera para el esclarecimiento de las denuncias y reiteramos que “en este campo es fundamental que el Poder Judicial se mantenga independiente de las presiones de cualquier poder y se sujete sólo al imperio de la verdad y la justicia.

¡Cuánta falta nos hace la valentía y el coraje para estar a la altura de estos momentos tan necesitados de una revolución ética y moral!

Esperanza. Si debemos mirar el pasado con gratitud y asumir el presente con pasión, el modo mejor de mirar y afrontar el futuro es con esperanza. Somos una nación joven y la esperanza es la virtud propia de los jóvenes. Ella es la que nos alienta y motiva para reemprender una y otra vez la marcha, nos estimula e impulsa a los mejores esfuerzos por rehacernos y avanzar, nos hace visible y cercana la grandeza y altura de la meta hacia la que caminamos. Sin la esperanza fácilmente bajamos los brazos, ella es como el “oxígeno espiritual” que airea todos los ámbitos de un pueblo y lo mantiene vivo y en camino. Por eso hoy queremos volver a gritar con esperanza: ¡libertad! Queremos y podemos ser una nación libre: libre de la pobreza y la violencia, libre del narcotráfico y las drogas, libre de la corrupción y la impunidad, libre de la indiferencia y la “cultura del descarte”, libre de ancianos olvidados y de jóvenes sin sueños.

Permítanme citar una expresión que encontramos frecuentemente en las locuciones de nuestro Papa Francisco y que, por añadidura, tiene “sabor argentino”: ¡No nos dejemos robar la esperanza!

En este momento de verdadera plegaria -ya que en ello consiste nuestro encuentro en esta Iglesia catedral- oremos fervientemente, agradeciendo con gozo el legado del pasado y aprendiendo las lecciones de la historia; pidamos convertirnos poniendo manos a la obra para transformar el presente y así encaminarnos con la mirada alta hacia el futuro.

Volviendo a la figura de la casa, renovemos el amor a la madre patria. No hay casa sin madre y nadie vende a su propia madre. Que volvamos a sentirnos hijos de nuestra patria y hermanos entre nosotros.

Jesucristo, Señor de la historia te necesitamos. Un nuevo siglo lleno de desafíos se abre ante nosotros y María desde Luján nos vuelve a  decir hoy: ¡Argentina canta y camina!

+Ariel Torrado Mosconi
Obispo de Nueve de Julio