Palabras del Obispo

El año de la vida consagrada y nuestro compromiso eclesial

EL AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA Y NUESTRO COMPROMISO ECLESIAL
Mensaje de Mons. Martín de Elizalde OSB
Obispo de Santo Domingo en Nueve de Julio

Con motivo de la celebración del DÍA de la VIDA CONSAGRADA
8 de septiembre de 2014

 

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos, consagrados y consagradas, seminaristas, miembros comprometidos en las áreas pastorales y en los movimientos eclesiales, queridos hermanos y hermanas de nuestra Iglesia diocesana:

El Santo Padre Francisco ha dirigido a toda la Iglesia la invitación para celebrar el Año de la vida consagrada, en el contexto de los cincuenta años transcurridos desde el Concilio Vaticano II. Comenzando en octubre del corriente año, la celebración se prolongará hasta el 21 de noviembre de 2015, recordando la promulgación de la Constitución conciliar Perfectae caritatis. Encuentros generales en Roma y en las diferentes regiones, la esperada enseñanza del Santo Padre con motivo de esta ocasión especial, documentos de los organismos responsables de la Santa Sede y la renovación de algunos textos dispositivos que atañen a la vida religiosa, irán marcando las etapas de este tiempo y dejarán un testimonio valioso de la preocupación pastoral por estas formas de vivir el Evangelio, y que son una tradición muy dinámica y a la vez tradicional en la Iglesia. La recordación de los 50 años de la Constitución sobre la Vida consagrada tiene como objetivos principales, en palabras del Cardenal Prefecto de la Congregación correspondiente: la memoria agradecida del acontecimiento conciliar; que los consagrados y consagradas abracen el futuro con esperanza, conscientes de que el momento actual “es delicado y fatigoso y que la crisis que atraviesa la sociedad y la misma Iglesia toca plenamente a la vida consagrada”; vivir el presente con pasión, convencidos que este Año será un momento importante para ‘evangelizar’ la vocación propia y dar testimonio de la belleza de la sequela Christi en las múltiples formas en que se desarrolla nuestra vida.

 

 

La riqueza de la vida consagrada en la Iglesia

De esta manera se pone de relieve la importancia que reviste en la Iglesia la vocación a la consagración a Dios de toda la vida, ya sea en las formas institucionales con la profesión de los consejos evangélicos en una orden, congregación o instituto, ya sea en soledad, en grupos menos estructurados, como parte de un movimiento apostólico o en la rama laical de una familia religiosa. No olvidamos que en los últimos tiempos han surgido formas novedosas, que resultan atrayentes para los jóvenes. La consagración es un valor presente en todo el camino histórico del cristianismo, inspirado en el testimonio del mismo Señor Jesús, constantemente subrayado por el magisterio de la Iglesia e ilustrado por el ejemplo de los santos; refleja el seguimiento de Jesús en la radicalidad del Evangelio. El Espíritu Santo ha inspirado durante veinte siglos a las almas generosas que ofrecieron su disponibilidad, con los dones recibidos de Dios y la fidelidad de su respuesta personal, para anunciar el Reino. Lo hicieron con su acción apostólica, caritativa, formativa, misionera, pero sobre todo con su aceptación del plan de Dios, desde el secreto de su corazón, al escuchar la voz de la llamada, hasta la manifestación del envío, con la respuesta tantas veces heroica y siempre sacrificada y generosa, para bien de los hermanos.

 

Necesidad y actualidad de la vida consagrada

En momentos como los que estamos viviendo, cuando conviven una percepción muy clara y un deseo generalizado de autenticidad y de renovación espiritual con las dificultades que presenta un mundo fragmentado, alejado de Dios y proclive a la satisfacción de cualquier pasión humana, la llamada a la vida consagrada es un signo que nos habla del amor generoso y desprendido, de la verdad que no se mercantiliza, del encuentro sincero y profundo entre las personas, pero que se realiza siempre bajo la mirada y con la presencia del Dios trascendente. Lo hace de distintas maneras:

  • Por la experiencia de la espiritualidad, que es ahondar en el conocimiento de Dios y es la llave que abre la puerta para la comprensión del hombre creado por Él, y lo invita a caminar hacia su destino, que es la felicidad verdadera;
  • Por la oración, que es adoración y alabanza, súplica y acción de gracias, y une constantemente, por la actitud personal, pero también por el vínculo de la comunión, con los hermanos en la fe y el amor;
  • Por la caridad que lleva a cada hermano la cercanía de la Providencia, y acerca con la ayuda material el gesto que encamina hacia Dios.

 

La valoración por los cristianos de la vocación a la vida consagrada es necesaria, para aportar a su acción evangelizadora el eco y la irradiación que debe tener en la Iglesia, y contribuir a hacerla posible, repercutiendo en los oídos y en la conciencia de los fieles la llamada al seguimiento, cercano y fiel, de Jesús obediente, pobre y casto, humilde, generoso y alegre, compasivo, acompañante esforzado y protagonista solidario. A esta valoración seguirá la trasmisión de la propuesta vocacional y la oración para que sean muchos los que la reciban con agrado y se entreguen en ella con fidelidad y constancia.

 

 

Nueva evangelización y renovación espiritual

El papa Francisco nos motiva para que vivamos nuestra fe con alegría y con un sentido genuino de participación con los hermanos, especialmente los más necesitados y los que están alejados. Esta llamada interpela también a los consagrados, y los invita a revestirse de un nuevo dinamismo apostólico y a dar más transparencia testimonial a una manera de recibir el Evangelio y de servir a los hermanos que es, en sí misma, una predicación y un ejemplo. En su mensaje, el Papa habla constantemente de la alegría, que se encuentra en la fe revelada, y recuerda que los cristianos nos debemos a nuestros hermanos, para llevarles el consuelo del conocimiento y del encuentro con Cristo. Sin duda, esta misma invitación es aún más urgente y apasionada cuando se dirige a los consagrados. Queremos, pues, con nuestra fraterna comprensión y simpatía por la vocación, entendida en la belleza y la profundidad de un compromiso para toda la vida, con radicalidad y hondura, acompañar a los consagrados, orando por ellos y animándolos para que su testimonio resplandezca siempre en la Iglesia, y en particular en nuestras comunidades, necesitadas más de ejemplos que de palabras, de vidas generosas más que de iniciativas exteriores.

 

La presencia de los consagrados en nuestra diócesis

Desde los comienzos de la evangelización en estas regiones de la Pampa bonaerense, la vida religiosa estuvo representada por apóstoles esforzados y se concentró en el asentamiento de las comunidades que acudieron a la llamada para ejercer el ministerio evangelizador y educar en la fe. Muchas poblaciones, después ciudades, contaron con escuelas regidas y sostenidas abnegadamente por religiosas y con su presencia en hospitales y hogares para niños, como las que la Madre Camila Rolón, fundadora de las Hermanas Pobres Bonaerenses de San José, sembró con su propio esfuerzo, y también la acción siempre recordada de las Hnas. de San Antonio. Si bien la venida de comunidades masculinas no fue igualmente numerosa, la educación y la acción evangelizadora en la campaña y en las ciudades contó con su aporte fundamental (salesianos y marianistas); misioneros religiosos acudieron a la invitación de los Párrocos y de bienhechores movidos por su fe, para recorrer las áreas rurales. La catequesis debe también mucho a los consagrados, en su intensidad y extensión así como la formación de los catequistas. Más recientemente, hay congregaciones que han acogido nuestro pedido de asistencia en parroquias (barnabitas y Discípulos de Jesús).

 

Una realidad muy importante por su significación y con gran alcance evangelizador, ha sido la vida monástica y contemplativa. Ella comenzó en el lejano 1914 con la instalación en Bellocq, partido de Carlos Casares, de los benedictinos solesmenses, y seguida por la llegada de los monjes de Victoria, Entre Ríos, a la localidad de Larramendi. Esos intentos no prosperaron, pero la vida monástica se consolidó finalmente con la fundación de monjes procedentes de la milenaria abadía suiza de Einsiedeln y la del convento de monjas carmelitas descalzas en Nueve de Julio. Estas últimas fueron llamadas por iniciativa del segundo obispo diocesano, Monseñor Antonio Quarracino, después cardenal y arzobispo de Buenos Aires, con la intervención de Monseñor Eduardo Pironio, nacido en esta diócesis, cardenal y Prefecto de la Congregación para los Institutos de vida consagrada.

 

No podemos mencionar todas las fundaciones que a lo largo de los años contribuyeron a formar el carácter cristiano de la sociedad en nuestra zona ni la inmensa variedad de sus actividades apostólicas, desde la atención solícita del preseminario de Guanaco (Hijas de la Virgen de los Dolores) y el apostolado en la campaña y la hospitalidad en La Ciudadela (Hnas. Maestras de la Santa Cruz, Benedictinas Misioneras de Tutzing), hasta el más que significativo testimonio de la veneración y adoración del Santísimo Sacramento (Hnas. Adoratrices Rivolta d’Adda), desde la misión rural y entre los hermanos aborígenes en Los Toldos (Hnas. de la Caridad, de Santa Juana Antida) hasta la evangelización por la catequesis (Hnas. Auxiliares Parroquiales de Santa María) y la educación (Siervas de Jesús Sacramentado, Hnas. de San José de Montgay). Después, con nuevas modalidades pastorales, las religiosas asumieron otros modos de presencia, especialmente en el apostolado parroquial y barrial (Hnas. de la Presentación, de Granada, Hijas del Oratorio, Misioneras de la Madre Ssma. de la Luz, Hnas. Discípulas de Jesús, Hnas. de Santa Ana).

 

Cuando las necesidades nuevas hicieron imposible continuar la tarea hasta entonces realizada, muchas congregaciones debieron retirarse, con el dolor de los fieles y la preocupación de los pastores. Sin embargo, otras fundaciones llegaron con sus propios carismas y estilos pastorales, y es así como la presencia de la vida consagrada sigue visible y vigente entre nosotros.

 

Gratitud a Dios por nuestros hermanos consagrados

No pretendo hacer una reseña, que corresponderá sin duda llevar a cabo este año para dar testimonio de las bendiciones recibidas de Dios, y no quisiera que al haber señalado nombres y lugares se piense que los no mencionados son menos importantes. A todos los consagrados, religiosos y religiosas, pero también a la presencia fecunda de los miembros de los Institutos seculares (como el Instituto Cristífero, tan ligado a esta Iglesia), a los consagrados con el rito solemne de la Iglesia o los que individual y silenciosamente han dedicado su vida y su obrar a Dios y a la evangelización, por la acción y el testimonio, a los ermitaños, a todos ellos, en fin, tenemos presentes en la oración agradecida y queremos recordar su vocación a los fieles de este tiempo, para que los conozcan, aprecien y recuerden. Ellos son también piedras vivas, fundamento de esta familia eclesial, y espero que su presencia y acción sigan vigentes y dando fruto entre nosotros.

***

Pidamos a Dios por nuestros consagrados, por las comunidades de vida religiosa, por los monjes y las monjas, por los sacerdotes, por los hermanos y hermanas, por los miembros de los institutos seculares y de las ramas de consagrados en los movimientos apostólicos y de espiritualidad; pidamos por su fecundidad espiritual, para que el testimonio de su vida sea una continua y convincente irradiación del espíritu evangélico y una llamada al seguimiento de Cristo, y ojalá, para que ello sea posible, la vocación encuentre en muchos corazones jóvenes una respuesta pronta y generosa. Hagámoslo con las palabras con que invoca a la Virgen Santísima el Papa Francisco:

 

“Estrella de la nueva evangelización, ayúdanos a resplandecer en el testimonio
de la comunión, del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz. 

Madre del Evangelio viviente, manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros. Amén. Aleluya”

Evangelii gaudium, 288

 

 

Con mucho afecto, los saluda y bendice, 

Mons. Martín de Elizalde OSB
Obispo de Santo Domingo en
Nueve de Julio, R. Argentina

Nueve de Julio, 15 de agosto de 2014
Solemnidad de la Asunción de la Ssma. Virgen María