Palabras del Obispo

Llamados, consagrados y enviados en comunión misionera

Homilía de Mons. Ariel Torrado Mosconi
Obispo de Santo Domingo en Nueve de Julio
en la Misa Crismal 2017

Nueve de Julio, Iglesia Catedral
12 de abril de 2017

Reunidos hoy como “asamblea santa y pueblo sacerdotal” para esta celebración tan significativa para la diócesis como es la Misa crismal en la Iglesia catedral, deseo reflexionar con y para Uds. sobre tres palabras que brotan clara, fuerte y bellamente de las lecturas de la Palabra de Dios que se acaban de proclamar. Los textos bíblicos ponen de manifiesto que, como miembros del pueblo santo de Dios, somos llamados, consagrados y enviados.

Llamados

Dios siempre toma la iniciativa, ninguno de nosotros estamos aquí por nuestros méritos. Fue el Señor quién desde el seno mismo de la Trinidad Santísima tuvo la iniciativa de llamarnos y ofrecernos la salvación con amor gratuito y superabundante. En expresión del Papa Francisco, Él nos “primerea” en su gran misericordia para llamarnos a una vida nueva y plena, proponiéndonos un camino de luz, verdad y caridad por medio de la Buena Nueva.

Por ello, siempre debemos tener presente que la Iglesia no proviene ni se genera por consensos circunstanciales, paradigmas ideologizados, afinidades afectivas o agrupamientos con fines más o menos filantrópicos sino que nace de una “santa llamada”, de la convocación amorosa, de la voz de aquél que la congrega para que viva, anuncie y testimonie el amor a una humanidad siempre necesitada de salvación.

Hoy la Iglesia se descubre como “hija de la Palabra”, su primera “oyente” para que su predicación sea auténticamente profética, veraz y creíble. Hoy todos nos re-descubrimos llamados a una vocación particular en la familia eclesial. Hoy, todos debemos refrescar aquél “primer amor” al cual siempre debemos volver, no con nostalgia del pasado sino con esperanza y entusiasmo.

Citando nuevamente un concepto y terminología usado frecuentemente por el Santo Padre: es esta conciencia de ser llamados la que nos saca y nos libra, tanto a cada uno de nosotros como a la Iglesia toda, de la “autorreferencialidad”. ¡La obediencia a la Palabra divina, dejarnos llevar por la voz de Dios, nos hace auténticamente libres para hacer su voluntad, generosos en la donación y alegres en el testimonio!

Consagrados

El Señor nos ha elegido y llamado para que seamos suyos.

Esa Palabra que llama e interpela no queda en una idea abstracta, volátil y etérea, sino que “se hace unción profunda de su Santo Espíritu”, que nos consagra haciéndonos suyos para siempre, de su familia, de su pueblo, pertenecientes a Él, coherederos de la Vida verdadera y eterna. Esta consagración nos incorpora a una comunidad, a un Pueblo. La consagración tiene en sí una razón, un motivo y una exigencia de vivir en y para la unidad en el amor. ¡Toda consagración es para la comunión!

Por lo anterior, en este día tan especial que “huele entrañablemente a jueves santo” -con todo lo que ello implica para un sacerdote- permítanme todos que me dirija ahora particularmente a los sacerdotes.

Queridos hijos y hermanos: Uds. son, como sabemos, mis colaboradores primeros e inmediatos en el hermoso y grave ministerio que me ha sido confiado de apacentar el rebaño santo de Dios que peregrina por estas pampas bonaerenses. Sabemos, también, que el bien más preciado de la Iglesia es la unidad “Llévala a su perfección en la caridad”-rezamos en la venerable Plegaria Eucarística II- y es esa realidad el origen y la causa de la fecundidad en la evangelización. La unidad es el testimonio luminoso, creíble e incontestable ante el mundo. Es energía que conforta en la adversidad y medicina que alivia, cura y consuela en la debilidad y las caídas. Comunión afectiva y efectiva, pero sobre todo teologal. Sabernos y sentirnos hermanos, trabajar juntos y en unidad de criterios, pero por sobre todo tomando conciencia de que la unidad viene como don de Dios por el Espíritu que nos ha sido dado. Por todo esto hoy les pido encarecidamente de todo corazón: ¡cultiven y cuiden la comunión!

Hoy en un mundo obstinado por ahondar las grietas y divisiones la Iglesia está llamada a presentarse como el gran signo de unidad. En nuestra patria necesitamos más que nunca superar las tácticas y estrategias que ponen la división y el odio como metodología para acumular poder y lograr tener una preponderancia dominadora sobre los demás.

Por eso cultivemos y cuidemos la comunión en el seno del presbiterio, no sólo formalmente sino como una dimensión fundamental de nuestra espiritualidad sacerdotal que nos llama a convivir fraternalmente para alentarnos, acompañarnos y sostenernos unos a otros. ¡Esta es una de las fuentes de la alegría sacerdotal! Evitemos el individualismo egoísta, las críticas despiadadas, el “chusmerío”, la envidia y toda forma de división sectaria entre nosotros.

Cultivemos y cuidemos la comunión con los consagrados, nuestros agentes de pastoral y todos los fieles laicos porque a través de ella los protegemos en medio del ambiente hostil en el cual les toca vivir y que tantas veces los cofunde y lastima. ¡En esto consiste la caridad pastoral! Cultivemos y cuidemos la comunión -permítanme la insistencia en este aspecto- porque ella es el fundamento, la clave y la garantía de una genuina eficacia pastoral que no la otorga ni la espectacularidad de nuestro protagonismo personalista, ni las alianzas o estrategias mundanas, ni un burdo afán de conquista proselitista que nada tiene que ver con el verdadero fervor misionero. ¡Esto es el auténtico espíritu apostólico!

Enviados

Toda llamada tiene una razón y toda elección su motivo. El Padre nos unge, nos consagra, para la misión. Para, así, continuar la misión del Hijo con la fuerza y la luz del Espíritu. ¡Y jamás perdamos la conciencia de que esa misión y ese anuncio es buena noticia! Mensaje “bueno” y “nuevo” ¡Cuánto debemos trabajar todavía para que nuestras actitudes, nuestro lenguaje y nuestro estilo sean cada vez más evangélicos!

Desde estas convicciones teologales y desde este sentir pastoral, que valen tanto para los pastores como para los fieles, miremos la realidad compleja y amplia que tenemos por delante para evangelizar, porque a ella somos enviados. Esa realidad nos interpela, clama y desafía de tantas maneras con síntomas y lenguajes que debemos saber auscultar e interpretar. En el fondo siempre hay en el corazón del hombre una necesidad de salvación, un grito pidiendo redención. Hasta me atrevería a decir que quienes se cierran obstinadamente o pareciera que rechazan a Dios, son los más necesitados de Él. ¡La lógica de la misericordia nos ayuda a comprender así esta realidad!

En este sentido, al estar hoy reunidos representado a la Iglesia diocesana toda, me interesa subrayar que es aquí donde debemos encontrar la motivación más honda para la reflexión y la tarea de “conversión pastoral” que estamos llevando a cabo en vistas de una “pastoral orgánica” que nos ayudará a llevar adelante la evangelización toda, la misión integral, la acción pastoral conjunta y el apostolado específico ante cada realidad.

En este día encargo a mis sacerdotes y pido que se vaya difundiendo entre los agentes de pastoral en cada comunidad y grupo eclesial, las consignas y motivaciones que están inspirando nuestro esfuerzo de renovación pastoral y que condensa todo lo anterior: “conversión pastoral por el camino de la comunión para la misión”. En el mensaje con motivo de los sesenta años de la diócesis propuse este camino y sus motivaciones, en el mensaje para la Cuaresma meditamos sobre el vínculo entre conversión personal y conversión pastoral y hoy quise hacer hincapié en la comunión como condición para una misión fructífera. ¡Si trabajamos, nos comprometemos y esforzamos por vivir todo ello con fervor y entusiasmo, la nueva evangelización se irá haciendo realidad paulatinamente en nuestra diócesis!

A esta altura quisiera recordar que esta expresión de tan acendrada raigambre y sabor bíblico “llamados, consagrados y enviados” era muy querida, saboreada y citada frecuentemente por nuestro querido cardenal Pironio. Aquél gran pastor de la Iglesia del siglo XX -y no hay exageración alguna en mis palabras- de quién  en el contexto de la conmemoración de los 60 años de la diócesis, debemos valorar y difundir su memoria. Y no solamente por ser el ilustre hijo nativo de esta tierra, o por todo el bien que prodigó a los sacerdotes, consagrados y laicos a lo largo de su vida en las importantes responsabilidades que se le confiaron, sino especialmente porque su palabra profética y su testimonio pastoral tienen una vigencia especial y mucho para enseñarnos a vivir la vida cristiana ante los desafíos que se nos presentan en la actualidad. ¡Guardemos su memoria, aprendamos de su vida y que nos anime siempre su alegría sacerdotal! ¡Que también nosotros podamos ser testigos de la esperanza!

 

Ariel Torrado Mosconi
Obispo de Santo Domingo en Nueve de Julio