Misioneros en las tribus de Raylef y de Coliqueo
Monseñor Aneiros, aún siendo vicario capitular de Buenos Aires, había demostrado ser “partidario de una política autónoma de la Iglesia en el sentido de resguardar para sí la responsabilidad de la relación con las comunidades indígenas”. Esa posición la mantuvo ya convertido en arzobispo metropolitano, y a partir de 1873 comenzó a programar acciones concretas en favor de los aborígenes.
Un año antes había fundado el Consejo para la Conversión de los Indios, en el cual había congregados a figuras representativas de la sociedad. También se había dirigido al superior general de los Padre Lazaristas requiriéndole el envío de sacerdotes para misionar entre los indios. No obstante, también se había ocupado de gestionar la colecta de fondos para las misiones y había emitido una interesante carta pastoral acerca del tema.
Monseñor Aneiros pudo cumplir su promesa de enviar sacerdotes, hecha a los indios de Raylef durante su visita a Bragado en 1873. En julio del siguiente año envió dos misioneros franceses a la tribu, ubicada en el paraje de “La Barrancosa”, en el Partido de Bragado.
Los sacerdotes Jorge María Salvaire, de la Congregación de la Misión (lazarista) y Enrique Cescas, de la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús de Betharram (betharramita, también llamado en Argentina “bayonés”), arribaron aquel mes a la estancia “San Francisco”, de la familia Kavanagh, donde instalaron una capilla provisoria que serviría de centro de la misión.
A partir de entonces visitaron los toldos y los ranchos con frecuencia diaria, enseñando el catecismo, bautizando y celebrando matrimonios entre varios nativos. El mismo cacique José María Raylef, ya octogenario, pidió ser bautizado y luego recibió el sacramento del matrimonio.
Los misioneros, tan como dan cuenta algunos documentos, obtuvieron un buen éxito en su labor apostólica. Sin dudas ello se debió, en buena medida, a la disposición favorable de los indígenas. Hasta les fue posible visitar, el 16 de septiembre, los toldos de Coliqueo, que por entonces formaban parte del Partido de Nueve de Julio.
La misión de los padres Salvaire y Cescas concluyó el domingo 19 de septiembre de 1874. Los religiosos se pusieron en marcha con rumbo a Buenos Aires llevando con ellos al cacique Raylef quien, a pesar de su edad avanzada, optó por realizar tan prolongado viaje para recibir la Confirmación de manos del arzobispo. Pero, en camino, una hemorragia privó al gran jefe indio de continuar, expirando en Luján, el 2 de octubre de 1874.
Más extensa fue la misión que realizó el padre Pablo Emilio Savino, también lazarista, en la tribu de Coliqueo. En febrero de 1875, después de una breve estancia en la tribu de Melinao-Raylef, arribó al paraje denominado “Tapera de Díaz”, donde se encontraba la toldería del cacique Ygnacio.
Allí, la labor del misionero fue bastante ardua; pero, a pesar de las dificultades que debió sortear, consiguió buenos frutos. Además de asistir espiritualmente a los nativos, les brindó ayuda material, incluso como improvisado médico.
El 15 de agosto de 1875 pudo bendecir una capilla en la tribu y, poco después, poner la misión bajo el patrocinio de María Inmaculada y de San José. También abrió una escuela para los niños indígenas, cuya matrícula fue aumentando paulatinamente, aunque no habría alcanzado a superar los veinte alumnos. Al principio, el mismo misionero se encargó de impartir la enseñanza. Tanto se compenetró el sacerdote en su obra apostólica que llegó a redactar un Manual, “para evangelizar a los indios fronterizos”, que incluía un catecismo bilingüe, en español y araucano.
La misión del padre Savino finalizó en noviembre de 1876, después de una violenta situación generada en la tribu, enfrentamientos armados y una especie de “ocupación militar” sobre esos toldos.
Monseñor Aneiros continuó bregando por la realización de misiones a los indígenas de Buenos Aires, aunque a partir de 1879 el campo de acción se había incrementado hacia la región Patagónica. El 29 de diciembre de 1880 se dirigía a la presidenta de la Sociedad de San José, Isabel A. de Elortondo, requiriéndole una subvención para que el vicario general del arzobispado, monseñor Espinosa, “en compañía del R.P. Salvaire”, pueda “salir a recorrer las misiones de Carhué, Puán, Fuerte Argentino, Guaminí y Trenque Lauquen…”