Palabras del Obispo
Nuestra oración y compromiso por la unidad y la paz

Homilía del Obispo de Santo Domingo de Nueve de Julio, Ariel Torrado Mosconi, durante el Te Deum del 216° aniversario de la Revolución de mayo y primer gobierno patrio, el lunes 25 de mayo de 2026 en la iglesia “Nuestra Señora de la Asunción” de French, partido de Nueve de Julio
(Mt 5, 1-12a)
Desea y busca el hombre la felicidad, antes de ello, Dios mismo se la ofrece, muestra y entrega por el camino que acabamos de oír en la página evangélica proclamada. Paradójica -porque desbarata nuestros esquemas e intereses mezquinos y violentos- y, a la vez superadora, porque nos ayuda a ir más allá, a trascender, visiones y concepciones ciegas, erradas, de muy corto plazo, para abrirnos a la esperanza, la responsabilidad y la consecución del bien común.
En la entraña y el núcleo de ese anuncio de felicidad, del cual nos habla el evangelio -válido también para toda persona de buena voluntad- está la paz. Ella es la necesidad, el anhelo y la bendición más grande para la humanidad toda. Y, sin embargo, no acertamos tantísimas veces con la senda y los medios para alcanzarla adecuada y realmente. Así vemos agresividad y violencia, injusticia y corrupción, indiferencia y desintegración en tantos ámbitos y niveles de la vida personal y social.
Urge tomar conciencia para obrar en consecuencia, que la paz y amistad sociales son básicas y fundamentales para la convivencia y el progreso de la nación. En este sentido, hay una responsabilidad y un compromiso de la ciudadanía toda -especialmente de las autoridades, los líderes y dirigentes de todos los sectores- ante el deterioro, la degradación y la decadencia del tejido social y la vida pública de nuestra nación. El diálogo, la concordia y el consenso, son el remedio indispensable ante toda escalada de violencia sea física o verbal, ideológica o institucional que nos confunde, hiere y divide como cuerpo social.
Por lo anterior, la Iglesia -entendida como comunidad de los creyentes- ofrece siempre su oración confiada como sostén y voto de toda noble causa, sus puertas abiertas para el encuentro y el diálogo, así como su mano tendida para trabajar mancomunadamente con todas las personas de buena voluntad, en aras del bien común de la nación. Es indispensable -sino urgente- esta recomposición de vínculos, comunicación y tejido social antes que tal deterioro sea ya enfermizo e irrecuperable. Permítanme concluir con una apreciación de mis hermanos obispos de chile que cabe y cuadra para nuestra realidad también:
«Ninguna reforma institucional, ningún progreso será posible, si no se recupera el sentido profundo de la dignidad del otro y del respeto por las ideas. La convivencia cívica tiene su raíz última en el mandamiento del amor. Es necesario abrir espacios para la reflexión, el silencio interior, la formación ética y la vida espiritual, pues sólo un corazón educado en el amor y la solidaridad puede sostener una sociedad verdaderamente humana. Sólo desde esta raíz moral será posible reconstruir una cultura de respeto, solidaridad y verdadera paz social” (Cfr. Obispos del comité permanente de la conferencia episcopal de Chile, 13 mayo 2026).
Desde la acción de gracias porque la mano de Dios nos ha dejado de sostener al pueblo argentino y la súplica confiada por el futuro, renovemos nuestra esperanza de que así sea. Recordemos aquella expresión tan coloquial de nuestro querido Papa Francisco “¡No nos dejemos robar la esperanza!” Y esto -precisamente- es lo que deseamos manifestar y a lo cual nos comprometemos con estos dos gestos que autoridades y ciudadanos vamos a realizar en el transcurso de este oficio de oración.