Noticias
La paz es fruto de la justicia y la concordia

Homilía del obispo de Nueve de Julio, Ariel Torrado Mosconi, en el Tedeum con motivo del aniversario de la Independencia, en la Iglesia catedral santo Domingo de Guzmán, el miércoles 9 de julio del año jubilar 2025
(Is 32,15-18; Ps 84, 9-14; Mt 5,1-12a)
Las lecturas bíblicas que se acaban de proclamar son siempre luz, norma y fuerza para los creyentes, así como también sabiduría, inspiración e impulso para toda persona de buena voluntad. Tal Palabra divina nos convoca y propone hoy a perseverar y proseguir en un camino de reconstrucción y recomposición en la recta dirección de la justicia que lleva a la auténtica paz personal, comunitaria y global. “La obra de la justicia será la paz, y el fruto de la justicia será la tranquilidad y la seguridad” afirman de modo tan admirable como actual, el profeta Isaías y el Salmo recién leídos. “Felices los que trabajan por la paz… felices los perseguidos por practicar la justicia”. Esta expresión del Evangelio de Jesús, deja ver la confortante y desafiante paradoja de encontrar la felicidad -suma de todos los bienes, anhelos y proyectos humanos- mediante la tarea, el trabajo y la lucha cotidiana de la rectitud, el diálogo y la solidaridad, asumiendo incluso el riesgo de ser estigmatizado, “cancelado”, “demonizado”.La escritura sagrada, al expresar la acción y llamada de Dios como promesa y responsabilidad, nos exhorta y convoca a mirar el futuro sin encerrarnos -¡y enroscarnos!- en la nostalgia del pasado que tal vez no fue tan así y en la asfixia de un presente sin puerta ni ventana a un porvenir de esperanza.
Digámoslo claramente y sin eufemismos. Dos riesgos -más aún, dos verdaderos peligros- acechan la convivencia y la paz tanto a nivel global como nacional: el individualismo que desprecia el bien común y la exacerbación de la violencia siempre generadora de destrucción y muerte.
El rostro actual del egoísmo en nuestras sociedades occidentales es, claramente, el individualismo. Las frases “Yo hago mi vida” y “no es mi problema” que oímos a diario o también proferimos, expresan esa ansia de satisfacción y confort personal, y, al mismo tiempo, de prescindencia e indiferencia hacia los demás, que no nos conduce a nada y solamente acarrea aislamiento y división, soledad e insolidaridad, imposibilitando y destruyendo cualquier forma de coexistencia social. ¡Por este camino las personas se quedan solas y las sociedades se rompen! No podemos ceder, otra vez, a relatos populistas engañosos que exacerban a grandes sectores de la sociedad, prometiendo un paraíso terrenal que nunca llega, sino que provoca exactamente lo contrario a lo prometido. Reconocer que “vivimos para convivir”, siendo parte integrante de comunidades, grupos, sociedades cuyo objetivo y meta es siempre el bien común, es el paso primero para errar y tomar por la ancha autopista del enfrentamiento y la destrucción. El diálogo paciente, los acuerdos sensatos, el trabajo responsable y mancomunado construyen y edifican siempre. La justicia, la amistad y la paz social son, deben ser, serán un bien para toda comunidad. No son un “pecado”. El pecado está en la indiferencia, la injusticia y la corrupción. ¡No dejemos nunca de cultivar el hermoso y recto arte de la convivencia! El trabajo, la compasión y la preocupación por los más débiles son los genuinos indicadores y síntomas de una sociedad madura, fuerte y cohesionada. Tengámoslo claro.
En los últimos meses hemos visto como, tanto en el escenario global -persiste la guerra en Ucrania, terrorismo y muertes en medio oriente y en zonas de África- como a nivel nacional, ha recrudecido la violencia al punto de poner en riesgo la paz mundial-¿somos conscientes de la gravedad de este momento? Oscuros intereses nunca confesados, fanatismos ideológicos mesiánicos, sumado a toda una demagogia populista manipuladora descarada de la opinión pública, nos ponen una y otra vez al borde del enfrentamiento y el riesgo de destrucción. ¿Podemos creer quepalabras y discursos tendenciosos, agresivos y violentos puedan producir algo sensato, bueno y pacífico? Cualquier visión, discurso o promesa que alienta el conflicto, demonizando al adversario o a quien no comparte la propia visión o posición, lleva siempre a la división y fragmentación de la comunidad y de toda sociedad. ¡No podemos vivir dinamitando la casa del otro!
Hace pocos días, el Papa León invitaba a buscar y lograr la unidad en la diversidad. Poniendo el ejemplo de la personalidad y trayectorias tan diferentes de los santos Pedro y Pablo, decía: “…han recorrido caminos diferentes, han tenido ideas diferentes, a veces se enfrentaron y discutieron con franqueza evangélica. Sin embargo, eso no les impidió vivir la concordia, es decir, una viva comunión, una fecunda sintonía en la diversidad… Es importante aprender a vivir la comunión de ese modo” Este mensaje dirigido a la Iglesia, bien lo podemos extender y referir a todo grupo humano y a una comunidad de personas porque, en su esencia, nos muestra el camino de superación del conflicto, de integración de las diferencias y de una madurez que produce resultados positivos y enriquecedores. Aunque muchas veces tantos asesores, líderes y comunicadores, crean que incentivando la conflictividad promueven dinámicas y procesos dialécticos de desarrollo, crecimiento y progreso, la realidad -¡cruda realidad!- se encarga de desmentirlo. Décadas de conflictos, enfrentamientos y “grietas” impulsadas desde sectores, intereses y usinas ideológicas bien diferentes, han producido el mismo resultado: menos educación, menos producción, menos capacidad de convivencia y amistad social, aumentando la decepción, el enfrentamiento y la desesperanza. Hay que decirlo una vez más con todas las letras: ¡No nos salva el conflicto! Debemos reaprender la gramática del diálogo y la integración. La división engendra oposición, decadencia y destrucción. En cambio, la unión vivida en una diversidad acordada, articulada e integrada, genera, produce, desarrolla, hace madurar, enaltece y ennoblece a los miembros de una comunidad incorporándolos a todos en la sociedad del bien común.Toda promesa, todo proyecto, todo plan mira, se orienta y se dirige siempre al futuro. Allí está la meta. Y este es el lugar y el momento de la esperanza. Sin la esperanza que brota de la promesa divina para el creyente, sin aquella otra esperanza cotidiana que alienta a todo hombre de buena voluntad, no hay buen futuro posible. Los pueblos que se sobrepusieron a grandes tragedias y se reconstituyeron logrando alcanzar madurez y paz, lo hicieron desde la convicción y la fuerza de la esperanza. Está bien tomarnos el presente con seriedad y no disfrazar la gravedad de nuestros males, pero, al mismo tiempo debemos reavivar la esperanza ¡Sólo ella permite avanzar sin desfallecer! Ella nos motiva, sostiene y conforta en una senda que suele ser ardua y escabrosa, mantiene el ideal y el deseo, la responsabilidad y el compromiso, sin que desfallezcamos en esta tarea y en esta lucha.
Permítanme concluir citando a aquel nuevejuliense destacado, santo con los pies en la tierra y el corazón en el cielo, comprometido con su tiempo hasta el punto de sufrir por ello, el beato Eduardo Francisco Pironio. Él, precisamente, fue llamado profeta y testigo de la esperanza porque la predicó incansablemente de conducta y palabra. “Y no me canso de gritar la esperanza. Los momentos son difíciles. Estos momentos son decisivos. Por eso mismo hay que proponer otra vez la esperanza. Pero una esperanza que nos es ilusión ni pasividad. Una esperanza que es confianza… camino… compromiso… coraje… La esperanza es capaz de superar las dificultades y las desavenencias… No es evadirse, por comodidad o por miedo, es asumir con responsabilidad y fortaleza la misión de construir… Es esencial a la esperanza ser activa y creadora, ser fuerte, comprometida, perseverante para ayudar al hombre, renovar el mundo, ir humildemente construyendo la historia. Cuando todo parece que se quiebra surge la esperanza”.
Pidamos la ayuda divina, entonces, para ser nosotros también, cada uno en su espacio, sabiéndonos parte de una comunidad, de una sociedad, de un mundo que solamente se edifica mediante la verdad y el diálogo, mancomunada y no aisladamente, desde la integración y no desde el conflicto, mirando esperanzadamente el futuro para ponernos “codo a codo” y “manos a la obra”. Así sea con la ayuda de Dios